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Bangkok es la capital y la ciudad más grande de Tailandia, con una población de más de 10 millones de Habitantes. La ciudad se ubica en la rivera oriental del río Chao Phraya, cerca del Golfo de Tailandia.

 

Desde el cielo, Bangkok es gris y marrón. El aire humeante, como una densa niebla, envuelve a una de las ciudades más contaminadas del mundo, atravesada por un río gigante, el Chao Phraya, que más que llevar agua parece transportar arena. Una vez en tierra firme, la capital tailandesa sigue siendo una de las más exóticas: una combinación de modernos rascacielos, templos del siglo XVIII, mercados y calles llenas siempre de gente, donde escaparates de productos de alta tecnología se mezclan con puestos callejeros, mientras jóvenes modernos de marca se cruzan en las aceras con monjes budistas de túnica naranja.

La capital del antiguo reino de Siam se despierta bien temprano. A las siete de la mañana ya comienzan los atascos -coches, motos y, a veces, algún que otro pesado elefante-, los vendedores abren los mercados -el de las flores, los flotantes y los que están sobre tierra; los de comida, los de ropa y los que ofrecen todo tipo de artilugios electrónicos y productos de imitación de marcas, como los típicos Rolex falsos, y los centros comerciales de la plaza de Siam- y el sol empieza a pegar fuerte. Hay que regatear: siempre hay que empezar ofreciendo al vendedor al menos la mitad de lo que pide inicialmente. En Chinatown, en pleno centro, está uno de los mercados más frecuentados. De hecho, el barrio, fundado hace 200 años, es un gran bazar donde se puede comprar casi todo: carne, pescado seco, fruta, electrodomésticos, hierbas medicinales..., y comer sopa con fideos, verduras y bolas de carne en una de las muchas paradas callejeras.

El tráfico de vehículos es constante, incluidos los tuk-tuk, ciclomotores con un pequeño remolque que funcionan como taxis. La actividad diaria también se concentra en el río, arteria principal de la ciudad. Lo mejor: dar un paseo en barca por el Chao Phraya. Hay que olvidarse de que algunos de los mercadillos son falsas escenificaciones montadas para los turistas, y fijarse, desde la barca, en cómo viven los tailandeses, en los templos cercanos y los monjes meditando de cara al río.

Con tanto canal no es de extrañar que la ciudad, uno de los principales centros financieros del sureste asiático, se hunda cinco centímetros cada año. Al atardecer se puede disfrutar de una mayor tranquilidad viendo pasar las barcas desde una terraza en la orilla del Chao Phraya mientras se toma una Singha (cerveza tailandesa) y se prepara el estómago para otra picante cena.

Bangkok es un paraíso de la meditación. El 95% de la población es budista. El santuario religioso más importante es Wat Phra Kaeo, que fue creado en 1785 para uso exclusivo de la familia real y alberga el pequeño Buda Esmeralda. El Gran Palacio está enfrente, un gran complejo lleno de colores donde el dorado destaca sobre todo lo demás. Durante 150 años fue la residencia del rey, ahora es una de las principales atracciones para los turistas. La visita religiosa tiene que pasar nesariamente por Wat Pho, un complejo del siglo XVIII donde se halla el Buda Reclinado, una impresionante figura dorada de 46 metros de largo y 15 metros de alto. Alrededor, los visitantes tiran monedas en vasos para tener buena suerte y que se cumplan sus deseos.

Pese al bullicio, siempre hay tiempo para relajarse con un masaje terapéutico. Uno de los mejores sitios comparte recinto con el Buda Reclinado. Se trata de una escuela de masaje, y los alumnos hacen allí prácticas. Un masaje tailandés tradicional dura unas dos horas, y también se puede elegir un masaje de pies.

Sawasdee. Ése es el saludo en tailandés que cualquier viajero escuchará a todas horas en el país: si quien lo dice es hombre tendrá que acabar la palabra con el sufijo krab (sawasdeekrab); las mujeres deben añadir una ka (sawasdeeka). Los tailandeses mantienen la sonrisa pese a que todavía sufren los devastadores efectos de la crisis financiera de 1997 que sacudió a su divisa, el bath. Además, el país también ha tenido que hacer frente al impacto negativo en el turismo que en 2003 provocó la epidemia del SARS y el devastador efecto del tsunami, que dejó casi 6.000 muertos en las costas del sur. Esta zona, formada por regiones como Phuket y Krabi, está prácticamente recuperada, y se puede terminar el viaje a Bangkok pasando unos días disfrutando de unas playas extraordinarias y a precios muy asequibles. El viaje en avión desde la capital tailandesa no dura más de una hora. El Gobierno asegura que se han tomado las medidas necesarias para que no se repita la tragedia que provocó la ola gigante que llegó a esa costa en diciembre pasado.

Por la noche, Bangkok tampoco duerme. Se han puesto de moda locales caros, exclusivos y de estilo occidental. Uno de los más llamativos es el Distil, situado en la última plan de un edificio 64 plantas, junto al río, cuya terraza ofrece unas vistas increíbles de la ciudad iluminada. Para más entrada la noche, las discotecas proliferan en Bangkok, que atrae a los pinchadiscos más de moda en Asia. Algunos mercadillos están abiertos hasta altas horas también, para los que quieren seguir comprando o disfrutar de ambientes más informales.

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